miércoles, 22 de agosto de 2012

Reflexiones post-Leyenderas: Obús, Saratoga, Barthes, Bukowski y el poder de los medios.


El Leyendas del Rock es más que un festival de música. Es un lugar el que siempre aprendo cosas nuevas, una especie de intensivo de pequeños y menos pequeños sucesos que me incitan a la reflexión. Y hoy toca hacerlo sobre palabras, gestos y actitudes.

Una y otra vez descubro que las palabras tienen más interpretaciones que las que una, como autora, les da, y una y otra vez parezco olvidarlo. Que las palabras tienen vida propia me parece un hecho comprobado: una vez plasmadas en papel, o en pantalla, y dejadas en libertad, pierden el sentido original que una les da y adoptan el sentido que el lector quiera darles. ¿Será por eso que Barthes anunció aquello de “la muerte del autor es el nacimiento del lector”? Esta distorsión del sentido original de las palabras es algo que puede intentar evitarse, —lo que, por suerte, ¿o por desgracia?, en raras ocasiones se consigue— o, al menos, minimizarse. Pero para ello es necesario entonces controlar eso que nos sale de las tripas, por citar a Bukowski, y entonces, como escritora, sientes que te traicionas a ti misma. Ahí está el dilema.

Un autor escribe, o debería escribir, para sí mismo, y en eso, creo, radica la autenticidad de lo escrito. Redactar un texto que se supone creativo (es decir, no por encargo) dictado por el qué dirán, por criterios comerciales o esperando grandes oes y aes de admiración es traicionar el espíritu creador. Lo primero es crear la obra tal como te sale de las tripas, y después, si es buena, ya se publicará, exhibirá o escuchará, y con suerte, mucha, muchísima suerte, se venderá y, quizás, nos permitirá vivir de ella. Un autor, qué duda cabe, escribe para que le lean, igual que a un pintor le gusta que se muestren sus obras, o a un músico que se escuche su trabajo, pero eso no significa que los artistas debamos convertirnos en mercenarios que se venden a quien nos hace el favor de leer, mirar o escuchar nuestra obra. Aunque este tipo de mercenarios abunden en todos los ámbitos artísticos.

Ahora bien, en determinadas circunstancias y contextos es necesario, al menos en el caso de quienes escribimos, cuidar y poner atención al modo en el que transmitimos nuestras opiniones y pensamientos, es decir, controlar en cierto modo eso que nos sale de las tripas al escribir, e intentar hacerlo sin traicionarte a ti misma, encontrando el punto intermedio entre la creación pura y el mercenarismo. Y eso es lo que, lamentablemente, no he hecho en la crónica que escribí hace unos días sobre el Leyendas del Rock de este año. Quizá fuera el cansancio de un muy intenso fin de semana, quizá fuera el excesivo calor que azotaba mi estudio, el caso es que la última revisión no fue todo lo cuidadosa que debiera y conseguí que un párrafo, más que los otros, se prestara a una interpretación equivocada.

Una amiga mía catalana, muy admiradora de Obús y de Saratoga, me recriminó ayer lo que había escrito en mi crónica del Leyendas sobre ambos grupos: apenas nada sobre los segundos y lo que a ella le parecía muy negativo sobre los primeros. En lo que respecta a Saratoga, "apenas nada", estoy de acuerdo, pero ese apenas son todo alabanzas. En cuanto al primer grupo, tengo que darle, en parte, la razón a mi amiga. La interpretación que se le puede dar a ese párrafo dedicado a Obús, y que de hecho se le ha dado (si lo ha hecho mi amiga, ¿cuánta más gente no lo habrá hecho?), puede ser muy negativa. Por dos razones, la primera por los párrafos que rodean al que trata sobre Obús: como me dijo mi amiga, “parece que el festival se acabara con Banzai”; las comparaciones son inevitables, y de ellas pueden inferirse conclusiones que no tienen en absoluto nada que ver con mis opiniones. Y la segunda, no por lo que se dice, puesto que no hay nada explícitamente negativo —y no lo hay porque no pienso nada negativo de la interpretación de Obús en el Leyendas, todo lo contrario— sino, precisamente, por lo que no se dice. No se dice, no digo, que la actuación de Obús estuvo genial, como siempre, y que estuvieron sensacionales hasta que se vieron obligados a cortar su actuación. Supongo que di por sentado que se entendería. Craso error el mío. Olvidé que lo que no se escribe no puede leerse, y que los lectores no tienen poder de adivinación. Y olvidé matizar mis opiniones sobre el decorado. Inconscientemente di por sentado que todo el mundo sabe quien soy yo y lo que pienso. ¡Ah! ¡La soberbia humana, esa arrogancia que de vez en cuando a todos nos asoma! Porque, ¿quién soy yo?

Soy una que se pone plumas en el pelo cuando se viste para matar, soy la que ve arcángeles y dioses del metal en el escenario del Leyendas, soy aquella a la que le invade una curiosidad malsana por descubrir qué secretos se esconden tras el escenario, y a quien cada nueva experiencia le produce la misma sensación que perder la virginidad, y soy alguien, sobre todo, que ha tenido una suerte inmensa, la de que un medio, MariskalRock.com, me haya ofrecido el espacio en el que publicar mi visión de un festival, y mi opinión sobre lo que en dicho festival aconteció —visión y opinión mías y de nadie más— sin más restricciones y limitaciones que las lógicas en un medio de comunicación, la del espacio (generoso, como puede apreciarse) y el tiempo. Mis opiniones personales son sólo eso, opiniones, y no espero ni que sean compartidas ni, sobre todo, que sienten cátedra. Ahora bien, mi amiga cum conciencia me ha recordado algo que, imperdonablemente, en mi soberbia, yo había pasado por alto: que el mero (en realidad de mero, nada) hecho de que se publiquen en un medio prestigioso y del alcance de la web de MariskalRock.com le da, eso es inevitable, otra dimensión a esas sencillas y humildes opiniones mías. Y eso me ha dado miedo. Es el poder de los medios.



domingo, 19 de agosto de 2012

Transfiguración y gloria: Leyendas del Rock 2011

publicado en MariskalRock.com en agosto 2011
   
     Siempre me ha gustado lo nuevo, probar cosas diferentes, es como perder la virginidad una y otra vez. Y perder la virginidad es una experiencia inolvidable. Dicen. No me acuerdo. Al contrario de lo que suele ocurrir después de esa primera experiencia sexual, cuando durante un tiempo cada polvo mejora el anterior, asistir otra vez al Leyendas ya no me parecía, mientras preparaba el equipaje, ni tan excitante ni tan emocionante como la primera vez, y estaba convencida de que esta 6ª edición, mi segunda, desde el punto de vista sensorial al menos, no podría mejorar la anterior. Me equivocaba de medio a medio.

Fiesta de bienvenida

    Este año también he llegado al Leyendas con los bártulos indispensables en la mochila: ganas de marcha, el cuadernillo de notas, la grabadora, las plumas, la colchoneta antipedregal, y los siempre sabios consejos de mi madre, esperando este año poder llevarlos a la práctica y regresar al hogar familiar con la satisfacción del deber cumplido.
    Beniel no es un centro turístico, es una población pequeña, unos diez mil habitantes, donde no abundan los hoteles, y así, muchos de los asistentes al Leyendas se alojarán en Orihuela, Murcia o alrededores, o bien nos buscaremos la vida en la zona de acampada habilitada para la ocasión. Habida cuenta del poco tiempo que le han dejado a la organización para montar todo el tinglado en Beniel, es de agradecer que se encontrara una zona de acampada cercana al recinto, pero lo cierto es que, pese a toda la buena voluntad y a los medios puestos por la organización y el Ayuntamiento, el descampado habilitado es un auténtico infierno.  El recinto del Leyendas, por su parte, se ha transfigurado este año en patio de colegio por obra  y gracia de los políticos: unos, enviados del cielo, azul, como debe ser todo cielo que se precie, para hacer el mal, y otros, procedentes del rojo infierno, y cuya benevolencia salvará el Festival.
    A media tarde, en el patio del colegio Río Segura, bajo el sol de justicia del agosto murciano, se trabaja para tenerlo todo a punto dentro de una hora.  Ángel Rubio, hermano de Marcos, me permite  colgar mis cartelitos “tesis metalera”, y además me ayuda. ¡Gracias Ángel! Se oye música, pruebas de sonido. Estamos a punto.
    “Al ser los primeros en tocar, nos tenemos que comer montaje, pruebas y etc.”,  me habían comentado antes por correo electrónico los chicos de Sealen, que ya en las pruebas suenan de maravilla. No es la primera vez que tocan en un Leyendas, ya lo hicieron hace años en Mazarrón. La cosa se presenta pero que muy bien, y no defraudarán. El primer concierto del festival será una potente descarga de una enorme calidad por un grupo que francamente promete. ¿Promete?  Llevan diez años de hacer directos, y han teloneado a Sepultura, Helloween, Motörhead, Saratoga, y Tierra Santa entre otros. Aquí presentan su primer disco, en sus propias palabras, en el más puro estilo ochentero, cuyo título, “Deathly Silence”, esperamos que nunca se haga realidad. Un enérgico riff abre el primer tema, muy apropiado para la ocasión, “Fire and Ice”,  porque van a tener que aguantar 50 minutos bajo el fuego del sol que cae directo sobre el recinto y el escenario a las 6 y pico de la tarde y, desde luego, van a necesitar el hielo cuando se retiren a los camerinos. El público, muy numeroso, responde de maravilla, entregado y agradecido por el esfuerzo de la banda,  baila, salta, aplaude y corea con ellos los estribillos de los temas, y se desborda, cuernos en alto, cuando Sealen se arrancan con una brillante versión de un tema de Whitesnake. El patio del colegio no está lleno todavía, pero le falta poco, y el recinto estará casi lleno antes del final de su actuación. Un excelente principio.
    Me acerco al camerino.
— ¡Hola! Soy Rosa la de la tesis —. Me reciben con sonrisas y excusándose por estar  a medio vestir. Ningún problema, siempre me ha gustado estar rodeada de tíos en pelotas, aunque sólo sea a medias. Al cabo de un rato empiezan a sonar allá fuera Guadaña, otro sensacional grupo que, en sus propias palabras, se reencarna hoy y se presenta en el Leyendas. Parece que la vida, efectivamente, se repite. Si el año pasado se me aparecieron ángeles y arcángeles inferno-metaleros que me hicieron vivir una experiencia cuasi-mística, este año se sucederán  transfiguraciones, transmutaciones, reencarnaciones y renacimientos. Y las mejores transmutaciones son las de los semidioses del escenario en gente llana, sencilla y simpática fuera de él.
    Sealen y yo salimos del camerino a toda prisa  porque, no sólo Dünedain están esperando desde hace ya un rato  para entrar, sino que tampoco queremos perdernos el espectáculo de Guadaña, banda que reaparece transfigurada ante su público, tal un divino Salvador  en nueva y Gloryosa forma. Glory, Salva, Pablo y compañía se entregan en el escenario, pese al insoportable calor, tanto, que Glory le regala al público, que casi llena ya el recinto, un conato de striptease en el que se quita la faldita que lleva y se queda en mallas y body. Un gesto improvisado que termina de conquistar a un público que difícilmente puede entregarse más. Tras la impresionante y sensacional descarga, me planto en su camerino para la entrevista, ésta no concertada de antemano, pero es igual. Son tan amables y simpáticos que acceden a ella de muy buen grado. También es cierto que llevo una excelente recomendación, la del Mariskal Romero. Nada como un buen enchufe…
    En pie, en la galería delante de la puerta del camerino, acalorados y sudados, no tienen bastantes palabras para agradecerle al público su entrega, y a la organización la oportunidad de tocar en el Leyendas. Pero ¿cómo no iba a estar entregado el público cuando ellos mismos lo han estaban dando todo y más?
     Ahora ya con el sol cayendo por detrás de la barra del bar y directo a los ojos de los músicos, Dünedain arrancan su actuación y empiezan a descargar uno tras otro sus temas. El recinto está ahora a tope, y la peña disfrutando, estamos todos coreando sus temas, brazos en alto, cuernos al cielo y moviéndonos. Tony, vestido para sudar, y el resto de la banda jalean al personal. Tony me comentará más tarde que, efectivamente, el traje de escena que lleva tal vez no sea el más adecuado a la temperatura, pero explica que la peña quiere verle con la ropa que lleva en el vídeo. El público es lo primero, estas son sus palabras, e, igual que harán todas las bandas con las que tendré ocasión de charlar, insiste en ello  durante la entrevista que también Dünedain y Zenobia han tenido la amabilidad de concederme.
    El horario se cumple a rajatabla y Zenobia suben al escenario. Se me acaban los adjetivos de alabanza para todos los grupos de esta noche, y me da que empiezo a repetirme: fabuloso, potente descarga, sensacional actuación, total entrega de los músicos en el escenario, trallazo imponente… Y junto a Dünedain, que han regresado al escenario, terminan con el tema “Unidos por el metal” según lo planeado. ¿Qué mejor final de gira que una buena descarga en el Leyendas? Y la peña, como loca.
El primer día del festival termina con las actuaciones de Stingers y La Leñera, de las que, lamentablemente, me pierdo una gran parte  porque la charla con miembros de Dünedain y Zenobia se alarga, un auténtico placer. Además, el día ha sido muy largo y necesito ponerme en horizontal.

“Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga,…  al alba”

    La horizontal en el interior de mi pequeña y roja sauna portátil es incómoda, y mis intentos de dormir algo constituyen un previsible fracaso. La fiesta continúa después del concierto.
— ¡Si nos organizamos bien, follamos todos!
    ¡Ojalá! Pero no, esta noche no, todos no follamos. No se hace un relativo silencio en la acampada hasta las seis de la mañana, cuando, afortunadamente, la temperatura baja, el aire corre desde hace un rato ya y casi, casi se puede dormir hasta que, ¿es en Do6 (Riemann) sostenido?, se dispara la alarma de uno de los vehículos en el aparcamiento de los coches, en ostinatto, o lo que viene a ser un riff de bocina, yo diría que en compás binario. Entra el recitativo: “¡Joder!”, “¡Cagoenla!”, “¡joputaaa!” Pausa. Suspiro de alivio de la tienda vecina. ¿Silencio por fin? ¡Ua! ¡Ua! ¡Ua! ¡Ua! ¡Ua! ¡Ua! ¡Ua! ¡Ua! Era pausa con calderón. Nuevo y más intenso recitativo. ¿Silencio?… no, pausa con calderón y da capo ¡¡UAA!! ¡¡UAA!! ¡¡UAA!! ¡¡UAA!! ¡¡UAA!! ¡¡UAA!! Ahora es un rugido en crescendo lo que se eleva desde el colorido campamento.
    Al compás del concierto para bocina y coro de tacos, ha amanecido ya hace rato y por la zona del bajo vientre llegan apretones. Después de un ejercicio de contorsiones en el que consigo ponerme unos bermuditas tropicales y una camiseta, asomo la cabeza por la puerta de la tienda, al mismo tiempo que lo hace también mi vecino de al lado:
— ¡Un martillo! ¡Darme un martillo! ¡Voy a hacer callar a ese cabrón!
    La mañana transcurre con calma: cola en los váteres (¡ayy! ¡ay!, los están limpiando) y en las duchas. Cuando llego al bar más cercano, el sitio está casi lleno. La lituana (o letona, o rusa, o ucraniana) rubia que sirve está sola y no da abasto. ¡Igual los benielenses se pensaban que los jevirocmetaleros no desayunan! Por fin llegan refuerzos y la rubia lituana empieza a relajarse y a sonreír.

Cuando los semidioses bajan a la tierra

    Ahí, en el escenario Jesús de la Rosa, Avulsed, la segunda banda del día, hacen pruebas de sonido, y en cuanto acaban, Azrael, la primera, las hace en el Azucena. Aprovecho un descuido para lanzarme al ataque contra los de Granada: “estoy haciendo una tesis… entrevista, blablablá, etc.”, y consigo quedar con ellos para después de la actuación.  ¡Y eso que esta vez no he utilizado a MariskalRock como cebo!
    Ni un minuto de retraso, las once y veinte, los granaínos saltan al escenario (cliché: cuesta imaginarse a nadie saltando al escenario del Leyendas, donde para llegar hay que subir una empinada rampa) y atacan la intro de su último disco Metal Arena y el primer tema, “Decirte adiós”. ¿Por qué empiezan con una despedida? Después, sin novedad en el frente, una gran descarga, la banda, de riguroso negro, entregada al máximo, sudando todo lo que se puede sudar y más, y Manolo, torso desnudo,  tras sus bombos y platillos. Si el público llenaba más o menos la mitad del recinto al sonar la intro, cuando termina la banda, ya lo ocupa casi entero, y no quieren dejarles marchar, pero Avulsed ya esperan en el otro escenario.
     En el caso de Avulsed, la organización se lo ha puesto aún más difícil a músicos y público, porque este tipo de música tenebrosa y fría (no soy fan del metal extremo, nadie es perfecto) no cuadra demasiado bien, al menos en mi opinión, con el soleado, caluroso y festivo ambiente que reina en el colegio Río Segura, y sin embargo, ¡sucede! Avulsed, igual que el resto de las bandas, se entregan y su público se les entrega y les responde de maravilla. Lo que confirma que, cuando la música es buena, y la banda también, no importa la hora ni el lugar, ni si hace frío o calor, si luce el sol o llueve y truena…  um, será mejor que pasemos a otra cosa. Cabra, que es quien maneja  las seis cuerdas, me dice que pese a la climatología, el ambiente ha estado genial y que, por el calor y la hora, no se esperaban tanto ambiente y esa magnífica respuesta del público. Insisto, el público sólo responde cuando la banda se lo merece.
    Cabra también me consigue una hoja con el setlist de Avulsed, empapadita por el agua, ¿o será por el sudor de los músicos?, que ha corrido por el escenario, y ahí me tenéis, un cuarto de hora casi con la hojita de marras cogida con la punta de dos dedos, agitándola como si de un capote de torero se tratara hasta lograr que se seque para poderla guardar en una carpetilla que llevo a cuestas sin que se corra la tinta y me borre las letras.  Todo ello sacudiéndome  por el backstage al ritmo de la marchosa y potente música de Fuck Off, otra leyenda reencarnada, que descargan trallazo tras trallazo, antes de precipitarme al camerino de Azrael donde me esperan  seis hombres, seis, atractivos y sudorosos y a medio vestir para una entrevista, ¡yeah!, de la que salgo encantada.
    El estómago me empieza a reclamar que le eche algo, pero por algún motivo que ahora no recuerdo, me resulta imposible, de modo que, a falta de sólidos, los granizados de limón y las botellas de agua me calman las ansias, y me crean otras, obligándome a visitar esas cabinillas de plástico verde cada poco rato. Tengo que correr a la siguiente entrevista, Centinela, concertada por email hace ya días. Muy amables, Jose, Javi y Michel se prestan a responder a mis preguntas y charlamos un ratito muy agradable. Me repito, lo sé, pero esos semidioses sobre el escenario se transmutan, todos sin excepción, en personas encantadoras (¿es ese el adjetivo más adecuado para definir a un jevi?) cuando se bajan de él.
    Me precipito ahora al otro lado de la barrera para poder ver  a Chino Banzai, banda a la que he atacado por la mañana con la misma estrategia que he aplicado con Azrael, a saber, mi mejor sonrisa, y aquello de “tesis, entrevista, sociolingüística, …”, y tal vez dejara caer “Mariskal” por ahí para asegurarme el golpe, y mientras lo hacía, no he podido evitar mirar de reojo, y no sin un cierto interés, a un personaje que corre por el camerino y que mira de lejos mientras yo negocio con Chino.
Chino Banzai es uno de los pocos grupos que  suben al escenario y no van todos vestidos de riguroso negro. A esta hora, la más inclemente de todas, la del mediodía real, no el oficial, Chino Banzai se lo están currando a base de bien, y la peña responde. Una ojeada por el recinto en busca de una sombra bajo la que protegerme resulta decepcionante, para mí, no para los músicos: toda la sombra, incluso la que dan las papeleras en el suelo, está ocupada, abarrotada de gente, así que me cobijo como puedo bajo mi sombrero de un euro imitación paja y ocupo una posición entre el público al sol que me permita tener en el punto de mira lo que ocurre en el escenario.
    Me entretengo después viendo a Saurom y su espléndida descarga, antes de correr al camerino donde me esperan Chino y compañía, ellos, vestidos. Todas las sillas están ocupadas con gente afín a la banda y me hago con una del colegio, de tamaño reducido y  que me deja frente a mis entrevistados y en posición de inferioridad.   Transmutada desde ayer en arrojada reportera, planteo mi habitual serie de brillantes y profundas preguntas:
“¿Qué tal el calorcito?, ¿os quedáis un ratillo por aquí?”.  Tal es la intensidad del momento, que el sudor nos corre a todos por la frente y las mejillas. Y en ese momento, ese personaje interesante se acerca, veo que mira y, solícito y amable, y nos esponja el sudor del rostro con una servilleta de papel, sí, sí, a mi también. Algo irreal. Me mira, y le miro agradecida con la mejor y más seductora sonrisa que puedo esbozar (¿lo ves mamá? Mira, intentarlo, lo intento) ¿Quién demonios es? Me suena, pero… Terminamos, apago y guardo la grabadora, recojo las gafas cojas que se me han caído al suelo y los bolis que han rodado por ahí, acepto el agua que me ofrecen (no me gusta la cerveza) y me apeo de mi sillita. Lo ignoro todavía, pero estoy a punto de vivir el apogeo de mi carrera de reportera, mi minuto de gloria en este festi, ese instante inolvidable, ese éxtasis, momento de gozo supremo, que me depara cada Leyendas y que marcará un hito, otro más, mira por dónde, en mi vida.
     Atraída por ese qué sé yo que emana de los personajes que encierran algún misterio, me acerco a la sonriente figura que me ha secado antes el sudor de la frente. Me mira, me sonríe, sí, me mira, me acerco más todavía, algo perturbada, hago acopio de toda la  diplomacia y valor que soy capaz de encontrar, y con esa gran delicadeza  y elegancia de la que siempre hago gala y por la que soy notoriamente conocida:
“¡Y TÚ, ¿QUIÉN ERES?!”…………. “Javier Mira”.
    ¡Glub! “Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro.  Desaparecer…  Después, el silencio, mudo de algodón, blanco de vendas, cárdeno de cirugía... El silencio. Falta el espacio. Se ha hundido la risa. Parece que mi lengua, que mi aliento, los ha cerrado el golpe de una puerta. Hundida estoy, mirad, estoy hundida.” Qué largo puede llegar a ser un instante cuando quieres que pase y quede olvidado. Una eternidad de décimas de segundo.
     Me da un par de besos de saludo.  “Un astral sentimiento febril me sobrecoge, incendia mi osamenta con un escalofrío”. Los dioses de incógnito, ya se sabe… Intento esbozar una sonrisa indiferente, ocultar ese rubor que traiciona la zozobra de la vergüenza, y de otra cosa, mostrarme impasible, disimular el error y parecer inteligente, sacar la pata, hay que sacar la pata, y busco la puerta de salida,  una escapatoria elegante a una situación que me incomoda: “¡Ah! ¡Por eso me sonaba tu cara!”
Me esfumo.
     Saurom. El aforo lleno vibra con la música de los gaditanos.  ¿Qué hace el de la guitarra envuelto en una bandera española? No, no es una bandera española, es un traje de bufón de la corte en rojo y gualda. También a Saurom les cuesta marcharse porque el público quiere más, pero la banda que les sigue, Los Guardianes del puente, LGP, que tampoco van de riguroso negro, ya espera en el otro escenario.
      LGP es otra transfiguración, en este caso además translingüística, de otro grupo legendario. Primer Leyendas para ellos, si no recuerdo mal y una gran actuación de potente heavy rock, con temas en castellano de su disco Rockferatu, y también algunos en catalán, herencia de Sangtraït.  Es la hora puente, a mitad de camino entre el infierno del mediodía y el cielo de la noche, el sol aprieta y la gente lleva ya varias horas en el patio del colegio. Parte de la peña se retira a comer y descansar, y refrescarse supongo, y LGP no tiene el mismo apoyo de la concurrencia que han recibido las otras bandas, pero el público que queda, más o menos la mitad del aforo y clareando, se entrega y compensa con creces los huecos que han dejado los cansados. Lástima, creo que los catalanes se merecían algo más de apoyo del público del Leyendas.

Al caer la noche

      Unos momentos de horizontal en mi sauna portátil roja, una ducha en las vistosas instalaciones sanitarias de la calle, unos minutos de contorsiones para enfundarme en el traje de noche,  un rato al cobijo de un aire acondicionado en compañía de una copita de blanco fresco, y me reincorporo al sarao bien avanzada ya la actuación de Topo.  El cantante de Tako, me explican, se ha desmayado por el calor y se ha interrumpido el concierto. En cualquier caso, Topo está a punto de acabar y LGP me esperan.  En la entrada del recinto, la entrevista resulta divertida, y participan también algunos fans que vienen a hacerse fotos con las leyendas catalanas, ellos también, igual que casi todos los artistas de este Leyendas, muy accesibles a su público.
      Son casi las 9 de la noche y las tripas se me quejan, vacías desde las nueve de la mañana. Desde la entrada principal, intento acercarme a la parrilla argentina a por un bocata de chimichurri. Misión imposible. Nadie ha querido perderse la descarga de Tierra Santa, y varios miles de personas abarrotan el lugar.  Plan B: saldré por la puerta de artistas y directo al bar de la esquina a por un bocata de lo que sea. El bocata tendrá que  esperar. Narci Saurom, ya sin el traje rojo y gualda, me corta el paso,
— ¿Y esa entrevista? ¿La hacemos ahora?
     De lo que queda de Leyendas esta noche ya se ha hablado, y se hablará, largo y tendido, y se han vertido ya, y se verterán, ríos de tinta,  sobre las sensacionales descargas de Tierra Santa, Épica, Barón Rojo, Warcry, Obús y Lujuria. No menos sensacionales, por cierto, y salvadas las diferencias, que todas las anteriores.  La masa humana que abarrota el recinto se agita, canta, corea estribillos y lanza cuernos al aire, y bragas al escenario que recogen Fortu, ¿o era Oscar? (en el momento de escribir la crónica se me ha olvidado quién recogía las bragas voladoras, tal vez incluso fuera otra banda), atraída por el intenso magnetismo de los semidioses allá en lo alto. Si los ventiladores de Épica (tomen nota los músicos en horarios de sol  para el Leyendas que viene) crean un efecto sobrenatural, y las chispas que levantan los patines de Fortu provocan destellos de maravillada estupefacción, la aparición de Lujuria en el escenario de al lado, con Oscar vestido de… ¿de qué va vestido Oscar?,  ondeando su bandera preferida  y arremetiendo contra gobierno y clero, lleva al personal al borde del paroxismo. Costará cerrar el jolgorio esta noche.

Coda

     Me han quedado en el tintero otras memorables imágenes de  algunos de los semidioses después de su transfiguración en mortales, pero ¡ah!,  esas pertenecen ya al reino de lo privado.
Dicen que no hay goce sin dolor, ni gozo sin sufrimiento, puesto que nada puede entenderse sin su contrario, ¿o era su  opuesto? Así, no se entiende la luz sin la oscuridad, el bien sin el mal, el cielo sin el infierno, la buena música sin el calor justiciero, o el Leyendas sin los políticos azules… Así  es el Leyendas del Rock, otro éxito de Marcos Rubio y Sufriendo y Gozando.


Con mi agradecimiento y mis más sinceras excusas a Miguel Hernández, a Luis Eduardo Aute y, sobre todo, a Javier Mira.

Rosa Salleras, Cadaqués, agosto 2011.

sábado, 21 de abril de 2012

Hoy tengo ganas de tí


    Tengo ganas de escribir. Tengo ganas de escribir cosas que me pasan por la cabeza, y por el corazón. No, no tengo ganas de escribir. De lo que tengo ganas de es decirte  cosas, y  no me atrevo. Vaya estupidez ¿no? Y al no atreverme a decir lo que tengo ganas de decir a quien tengo ganas de decírselo, lo escribo, y se lo digo al aire. Como si el aire fuera a contestarme. Tampoco me contestarás tú, así que, qué más da.

   Ando buscando unos textos viejos, textos escritos en momentos como éste, en los que tengo ganas de ti, y de repente, me doy cuenta de que no los tengo, los textos, ni tampoco ya esos momentos. En uno de mis frenesís limpiadores, los saqué del ordenador, sin comprobar si, en efecto, los había guardado antes en algún sitio. Estaba convencida de haberlo hecho. Mis textos son los que queda de mis momentos, de cualquier momento. Y al descubrir que ya no están, que los he perdido, me siento mal, vacía, abandonada. Mis textos son como tú, no están conmigo. La diferencia es que ellos algún día estuvieron conmigo, y tú no lo has estado nunca. Porque tú eres un sueño, un deseo, una imaginación…

   Tú tomas muchos aspectos, te encarnas hoy en éste, mañana en aquél. Un día eres pintor, otro eres músico de largas melenas, otro más te encarnas en escritor, o en marino, o en un periodista. Un día eres alemán, otro eres inglés, otro más escocés, también a veces australiano, en ocasiones has sido francés, e incluso últimamente eres español. Qué más da si eres alto o bajo, fuerte o esbelto, rubio o moreno, de pelo liso, rizado o canoso. Siempre eres el mismo, el que pasa, se acerca, me hace una caricia, me da un beso, y luego, siempre se va. Antes eras más joven, después te hiciste mayor conmigo, ahora vuelves a ser joven. Unas veces, las menos, me haces daño sin querer, otras, me lo hago yo sola, siempre imaginando que esta vez te quedarás, y luego no te quedas. A veces te haces real, pero por poco tiempo. Te desvaneces y luego, regresas a mi imaginación, te instalas en mi memoria, imagen irreal que toma muchos aspectos.

   Te vas, siempre te vas. O quizás te vayas porque te echo. Como a mis textos.
  

sábado, 24 de diciembre de 2011




“Le despertará una ráfaga de viento. Es tan grande y ancha la cama, y están tan frías las sábanas…
“Con los ojos a medio abrir  buscará otra mano sin encontrar a nadie, como ayer, como mañana.
“La soledad es su fiel amante que conoce bien su cuerpo, sus pliegues y sus rincones.
“Escuchará el maullido de un gato castrado y viejo que duerme sobre su rodillas en las largas tarde de invierno.
“Y un espejo roto le dirá te haces mayor, ¡Como pasa el tiempo! ¡Como vuelan los años!”

Habrá quien haya reconocido los versos de Serrat. Habrá quien, llegadas estas fechas, sienta algo parecido: esa cama grande y fría, esa ausencia, esa tristeza, esa melancolía que da la soledad. Y habrá quien, como la tieta, se mire al espejo, roto o nuevo, qué más da, y se diga “te haces mayor…” al ver esos finos hilillos plateados que aparecen, a quien en las sienes, a quien, en la frente, y al ver esas otras estrías que aparecen, a unos en  los ojos, a otros alrededor de los labios y a otros más en las mejillas y encima de las cejas.
Habrá quien se enfrente a esa soledad y participe con buena voluntad de la hipocresía de la época. Sonrisas forzadas, comidas familiares que empiezan con “to er mundo e güeno” y acaban como el rosario de la aurora. Consumo obligado de paquetes con lacitos, de objetos inútiles que a veces, sólo a veces, fingen representar un amor que no se siente. A veces, pocas, sí, a veces el paquetito con el lazo es muestra de un cariño sincero. Y habrá quien se pregunte, ¿acaso no puedo manifestar mi amor con un regalo en cualquier otro momento del año?
Habrá también quien pase de todo ello. Habrá quien no se deje llevar por el consumismo, habrá tal vez quien se atreva a no poner un arbolito, a no poner un pesebre, a no organizar festines familiares. Quien tal vez ponga gambas en el plato, e inhale vapor de cogollos en lugar del gas del vino.
Y habrá por último quien se deje llevar por la soledad, quien renuncie a todo este absurdo y huya de estas fechas, que, sin embargo, tantos esperan. Habrá quien, sólo capaz de dejarse caer en la tristeza, sienta envidia y maldiga a los que son, intentan serlo, o fingen ser felices.
Y habrá además quien disfrute sinceramente de todo aquello que a otros no les parece más que hipocresía y consumismo.
A todos ellos, habrá quien les felicite. Unos recibirán estas felicitaciones con ilusión, otros las maldecirán, y otros más, simplemente las agradecerán.  Y todos, todos sin excepción, intentarán escabullirse de obligaciones para tomarse unas vacaciones.
A todos, los que se adaptan, los que se acomodan y los que huyen, a los que se sienten solos y a los que se saben acompañados, a los que se sienten abandonados y a los que se saben queridos, a los que se sienten jóvenes y a los que se saben crecidos, a todos ellos, incluso a los que, como yo, maldicen estas fiestas pero les encanta celebrarlas, y maldicen las felicitaciones pero les gusta enviarlas y recibirlas,

MUCHAS FELICIDADES Y MIS MEJORES DESEOS PARA ESTE PRÓXIMO AÑO. ¿PRÓXIMO AÑO SÓLO? NO SEAMOS TACAÑOS, MIS MEJORES DESEOS PARA EL RESTO DE VUESTRA LARGA, FELIZ Y FRUCTÍFERA VIDA.

jueves, 27 de octubre de 2011

UPS!

El profesor Franz de Copenhague terminaba de ajustar la última pieza de la máquina que estaba construyendo cuando sonó el timbre de la puerta de su laboratorio secreto en Meyrin, cerca de las instalaciones del CERN. Se acercó al interfono y vio en la pantalla el rostro del coronel Johannes Weissmüller, de los servicios de inteligencia suizos. Pulsó el botón para abrir la puerta exterior y al cabo de unos minutos recibía al coronel y a un desconocido apuesto y elegante de unos cuarenta años que le acompañaba.
— Profesor Franz, ¿qué tal?
— Bien, gracias, coronel. Hace buen tiempo para esta época del año, ¿no le parece?
—  En realidad ahora mismo está lloviendo.
— Por suerte siempre tengo un paraguas en el laboratorio.  No esperaba su visita hoy, ¿qué le trae por aquí?
— Tenemos un problema. Acaban de encontrar al doctor Eisenstein muerto en su coche, mientras venía a trabajar. Y han desvalijado su casa. Se han llevado su ordenador, y también el portátil que siempre llevaba en el coche. Sus llaves, maletín, documentos, todo.
— ¿Muerto? ¿Cómo? ¿Dónde?
— Un tiro. Un francotirador. — respondió el otro hombre.
— Y usted, ¿quién es?
— Perdone profesor, — se excusó el coronel — no les he presentado. Vondt, Jakob Vondt.
— Encantado, señor Vondt.
— El comandante Vondt es el mejor agente de los servicios suizos de inteligencia — aclaró el coronel — Ingeniero informático y agente de campo entrenado por la CIA, el MI6 y el Mossad, además de especialista en asuntos económicos. Le he pedido que me acompañe porque la muerte de Eisenstein nos obliga a cambiar de planes.
— ¿Cambiar de planes?
— Sí. Quienquiera que fuera el asesino y sus cómplices que robaron los ordenadores de Eisenstein tienen ahora toda la información del proyecto “Cronos” y no podemos permitir que la utilicen.
—  Pero los archivos de Eisenstein están protegidos por claves de seguridad, ¿no? ¿Usted cree que podrán descubrirlas?
—  Me temo que sí, el profesor Eisenstein nunca ha sido muy precavido con estas cosas. Estaba convencido de que tan poca gente estaba al corriente de nuestro proyecto que sus claves eran muy poco seguras. Cualquier hacker un poco hábil las descubrirá.
— ¡Oh!, vaya, eso sí que es un inconveniente.
— Caramba, profesor, ¿pasó mucho tiempo en Inglaterra? —  intervino irónico el agente secreto.
Al profesor se le heló la sonrisa, que se cayó al suelo donde se rompió con un sonoro crujido.
— Pues sí, unos cuantos años en la universidad de Cambridge…
Weissmüller interrumpió la cortés conversación.
—  El agente Vondt es a quien hemos estado entrenando para llevar a cabo la operación. ¿Está lista la máquina?
— Sí, hace un rato que acabo de instalar las últimas piezas y terminar de ajustar los instrumentos.
— Perfecto. Vondt la estrenará. Necesitamos que retroceda en el tiempo veinticuatro horas e impida el asesinato de Eisenstein.
— ¡Pero si todavía no la he podido probar! Las primeras pruebas no estaban previstas hasta la semana que viene y todavía no me han traído a los chimpancés que íbamos a enviar en el primer viaje.
— Correremos ese riesgo.
— El agente Vondt tampoco conoce la máquina.
— Sí que la conoce. Recuerde que hemos construido un simulador a partir de los planos que nos entregó usted.
— Tampoco sabemos qué puede pasarles exactamente a las células humanas al estar sometidas a la energía necesaria para crear el agujero de gusano que nos permitirá viajar en el tiempo con esta máquina, ni qué efectos podrá tener sobre ellas el desplazamiento en el tiempo.
— Todas las simulaciones y cálculos predicen que no puede pasar nada. El aislamiento de la cabina está calculado para eso ¿no?
— Sí, claro, pero no dejan de ser teorías, simulaciones y predicciones. No hasta que la probemos varias veces con los chimpancés y analicemos los resultados de las pruebas.
— Correremos ese riesgo, y Vondt ya es consciente del peligro. Usted deje la máquina programada para que esté de regreso varios minutos después de la hora de salida, por si ocurriera algún imprevisto y Vondt no estuviera en condiciones de hacerlo él mismo. Debemos actuar de inmediato, de lo contrario las consecuencias pueden ser desastrosas.
— Pero… tampoco sabemos qué consecuencias puede tener cambiar el pasado.
— Pronto lo averiguaremos, ¿no le parece? Además, ese era de todos modos nuestro plan original. Regresar al pasado y modificarlo para que nuestra economía dominara el mundo y la banca suiza controlara todos los movimientos financieros del mundo. Llevamos años preparándolo, estudiando los puntos donde realizar los cambios y analizando los problemas de las paradojas, las líneas temporales relativas y el retroceso cuántico. No podemos dejar que se nos vaya ahora al traste.
— ¿Sabemos al menos quién ha asesinado a Eisenstein y robado la información?
— Sospechamos de una organización secreta de físicos fundamentalistas religiosos que se hace llamar “Defensores del sagrado tiempo”. — Respondió Vondt. — Se trata de una  organización secreta fundada a principios del siglo xvi y que reapareció en 1969, cuando uno de los monjes de San Basilio descubrió en el interior del Códice Atlántico, que estaban restaurando, un documento oculto, los planos de Leonardo de Vinci de una máquina para viajar en el tiempo. Al parecer, la máquina de Da Vinci debía construirse en el interior del túnel de viento que inventó para probar sus máquinas voladoras.
—  Interesante, desconocía la existencia de esta organización.
—  Ya le he dicho que era secreta, profesor.
— ¿Y qué proponen hacer ahora? — El profesor Franz miró, interrogante, a Vondt y a Weissmüller.
— Retroceder en el tiempo un día, e ir a buscar a Eisenstein y llevarlo a un lugar seguro para impedir que lo maten. Tenemos un piso franco disponible en esta zona, cerca de la entrada del CERN. Y el dispositivo de seguridad lleva tiempo montado en previsión de cualquier posible incidente.
— ¡Ah, la eficacia suiza! Muy bien — asintió el profesor en tono resignado. — Vamos allá. Señor Vondt, ahí tiene la máquina. ¿Lleva usted equipaje o material que necesite?
— Sí.
— Le aconsejo que no lo lleve encima. Y que se quite toda la ropa, por si acaso. Tiene una caja en la cabina donde guardarlo todo. Asegúrese de cerrarla bien.
— De acuerdo.
Vondt se dirigió a la máquina, dudó un instante antes de entrar, respiró hondo y se introdujo en la cabina ovalada con paso firme. Era bastante amplia, podía permanecer en pie en ella, y el único equipamiento, aparte de todos los controles, eran una silla en el centro y un baúl hermético pegada a ella. El profesor Franz cerró la escotilla tras él y salió del laboratorio en compañía de Weissmüller. Cerraron y sellaron la puerta y se instalaron en la sala de control.
Franz encendió la radio, conectó la cámara de la máquina Cronos y se acercó al micro.
— Vondt, ¿está usted bien?
— Afirmativo.
— ¿Oxígeno?
— Niveles correctos.
— ¿Temperatura?
— 26 grados.
— ¿Presión?
— Una atmósfera.
— Introduzca hora, día y año de destino, y longitud y latitud del punto geográfico al que desea llegar — Se volvió hacia el coronel — Es de manejo muy sencillo,…
— Nueve cero cero de la mañana, 29 de febrero de 2015. A 46°13’ norte y 06°06’este.
—… tiene una pantalla táctil inspirada en el iPad 16.5.
— ¡Profesor, ya está! — se  oyó a Vondt por el altavoz de la radio.
— ¡Ah sí! Perdone señor Vondt. Introduzca ahora la hora, día y año previstos para iniciar el viaje de regreso. Recuerde que la máquina regresará sola si usted no está en su interior en el instante preciso programado.
— Muy bien, no lo olvidaré. Hecho.
— Y por último, los mismos datos del momento al que desea regresar. Ahora son las doce y cinco minutos de la tarde del día 1 de marzo del 2015.
— El regreso a las doce y quince minutos de la tarde del 1 de marzo del 2015. A 46°13’ norte y 06°06’ este. Ya está.
— Muy bien. Vamos allá entonces. Active ahora el control de encendido de los aceleradores de partículas. El resto se activa automáticamente. ¡Buena suerte!
— ¡Buena suerte Vondt! — coreó el coronel Weissmüller.
El profesor y el coronel se pusieron las espesas gafas oscuras que había sobre la mesa de control y Franz se recostó sobre el respaldo de la silla. Al otro lado del grueso cristal que separaba la sala de controles del laboratorio, la cápsula ovalada empezó a girar sobre si misma, se encendió una luz blanca que alcanzó una intensidad cegadora, el zumbido de los aceleradores de partículas fue en aumento hasta hacerse casi ensordecedor y, de repente, se hizo el silencio, la cegadora luz blanca desapareció y la plataforma sobre la que se hallaba la máquina apareció vacía. Los dos hombres se quitaron las gafas protectoras.

El comandante  vio pasar el extraño objeto. Se giró hacia su copiloto, Arnie Schwarz, un androide de última generación, y se lo señaló.
— ¡Míralo! Ahí está otra vez.
Arnie miró el objeto no identificado y analizó los datos que recibía de él. Al cabo de unos segundos contestó:
—Tiene problemas. Parece una crononave muy primitiva. Es la tercera vez que nos la cruzamos por esta línea temporal — El parpadeo de las minúsculas LEDs  rojas en sus pupilas indicaba que todos sus chips estaban procesando datos a una gran velocidad. — Intenta hacer coincidir las líneas de tiempo, a ver si puedo comunicarme con la computadora de a bordo.
— Muy bien, reduzco la carga energética.
— Ya está, mantente ahí si puedes.
Arnie orientó su vista hacia el extraño objeto y el parpadeo de sus rojas pupilas se aceleró. Al cabo de unos instantes se volvió hacia el comandante.
— Efectivamente, es un vehículo muy primitivo para viajar en el tiempo. Los datos indican que ha entrado en el bucle infinito de una curva temporal cerrada de la que no puede salir. Parece que en su interior hay un ser vivo, pero inactivo.
— ¿Un bucle infinito? ¿Cómo es posible?
— Lo ignoro. No tengo datos suficientes para dar respuesta a esa pregunta.
— ¿Puedes intervenir su sistema de navegación para hacerlo salir del bucle?
— Lo intentaré. El sistema es muy rudimentario. Necesitaré el teclado.
— ¿El teclado? Pues sí que es antiguo. Suerte que siempre llevamos uno por si acaso fallan los otros sistemas.
Arnie permaneció en silencio unos minutos, mientras tecleaba en el antiquísimo mecanismo de entrada de datos a la computadora.
— Creo que ya está. He logrado entrar en su ordenador e instalar un programa de acceso remoto para poderlo controlar desde aquí. Vamos a ver si funciona. Regresemos, espero que ese trasto lo haga con nosotros.
Unos minutos más tarde, en el hangar de llegada de la base, una lluvia de partículas se transformaba en la crononave del comandante Chita. Jane, la ingeniera de guardia, ya estaba a punto de cerrar el agujero de gusano por el que había regresado, cuando apareció otra nube de partículas que, una vez reunificadas, se transformaron en un extraño objeto.
— Comandante Chita, ¿qué diablos es eso? — lanzó extrañada en dirección al micrófono.
— A saber. Estaba perdido en un bucle temporal. Lo hemos traído porque al parecer hay un ser vivo en su interior.
Jane se aseguró de que el agujero estaba bien cerrado y entró en el hangar de llegada.
Chita y Arnie desembarcaron de su crononave y se acercaron al extraño objeto en forma de huevo. Encontraron una escotilla, la abrieron y, en el interior encontraron un hombre desnudo sentado en el sillón central de la cabina.
— ¿Un hombre?
— Eso parece, Jane — respondió el comandante.
— ¡Y en pelotas! — comentó la ingeniera. Se quedó mirando fijamente el vientre  desnudo del hombre. — ¡Uau! Hace tiempo que no veo uno así de este tamaño.
— ¡Tranquila!, ya tendrá tiempo para eso.
— Lo dudo, no creo que él pueda ya. Una lástima… ¿Está vivo?
Arnie se acercó al hombre y le puso la mano ante el rostro. Sus sensores táctiles detectaron vida.
— Vivo, pero inconsciente. Llevémoslo a la enfermería, a ver qué podemos hacer por él.
Lo colocaron sobre una camilla y lo llevaron a la enfermería.
— ¡Doctor Who! Le traemos un paciente, un hombre inconsciente.
— ¿Un hombre? ¿Qué le ha pasado?
— No sabemos — respondió Arnie — No tenemos datos suficientes para saberlo. — Le explicó entonces con todo detalle y gran precisión cómo y dónde lo habían encontrado.
— Colóquenlo en esa cama. Enfermera Thatcher, conéctelo al escáner de diagnóstico, a ver qué le pasa y si podemos reanimarlo.
— Sí doctor.
— Doctor, Arnie y yo nos vamos a examinar la nave de ese hombre, o lo que sea ese aparato — se despidió Chita.
El doctor se sentó en una mesa ante una serie de controles, pantallas y diales, e inició el mecanismo de diagnóstico rápido del escáner.
— Está vivo, las constantes vitales están bien, tan sólo ha perdido el conocimiento. Lo reanimaré.
El doctor acercó una mascarilla de oxígeno al rostro del extraño e inyectó en el conducto un complejo de sales. La respiración del extraño se aceleró, y empezó a parpadear. Por fin, su respiración se tranquilizó, abrió los ojos y el doctor Who le retiró la máscara.
— Buenos días — saludó el doctor.
— Buenos días, — respondió el extraño, mecánicamente. Se sobresaltó al oír su propia voz.
— ¿Cómo se encuentra?
El extraño echó un vistazo a su alrededor y preguntó, extrañado..
— ¿Dónde estoy? ¿Un hospital? ¿Qué ha pasado?
— Enfermería de la base de crononaves de Roissy CDG. Soy el doctor Who, y ella, la enfermera Thatcher. En cuanto a qué ha pasado, tal vez nos lo pueda explicar usted. Le encontraron perdido en el bucle infinito de una curva temporal cerrada, una línea de tiempo en la que había usted quedado atrapado y de la que le hemos sacado mediante…
— ¿Qué…? ¿Bucle infinito… curva… temporal cerrada? Oiga, ¿podría usted traducir todo eso en algo que yo entienda?
— Eso es de escuela primaria. ¿De dónde viene usted? —  respondió sorprendido el doctor.
El extraño se incorporó en la cama, a la defensiva.
— Y ustedes, ¿quiénes son?
— Ya se lo he dicho, doctor Who y enfermera Thatcher, de la base de crononaves de Roissy CDG…
El comandante Chita entró en aquel momento en la enfermería llevando ropa en la mano.
— He encontrado esto en el aparato de ese hombre, supongo que debe de ser su ropa.
 Al desconocido, estupefacto, por poco le saltan los ojos de las órbitas.
 — ¿Qué…? ¿Qué es eso? ¿Un mono que habla?
— ¡Oiga, señor, más respeto!— respondió Chita, ofendido.
El doctor miró al hombre, luego a Chita.
— Le presento al comandante Chita. Él y su copiloto Arnie Schwarz son quienes le han rescatado y traído hasta aquí.
— ¡¿Un mono, me ha rescatado un mono?!
El doctor colocó su mano sobre el hombre del comandante como para tranquilizarlo y retenerlo.
— No señor, un mono, no. — aclaró el doctor Who. — Un chimpancé, y no se trata de un chimpancé cualquiera. El comandante Chita es del género Pan sapiens, una variante de chimpancé modificada genéticamente a finales del siglo xxi. Arnie, por su parte es un androide de última generación…
Dejó de hablar, ante la expresión estupefacta del hombre en la cama. Chita decidió tomar las riendas de la conversación.
— Creo que será mejor que procedamos a la inversa, doctor. Señor,… señor, ¿cómo se llama, por favor?
— Vondt, Jakob Vondt.
— Encantado de conocerle, señor Vondt. — levantó hacia él su peluda mano y Vondt, instintivamente, se sintió inclinado a rechazarla, pero la cortesía y la amabilidad del chimpancé le desconcertaban tanto que, mecánicamente, tendió la mano y se la dejó estrechar. — Muy bien, señor Vondt, díganos ahora, ¿qué hacía perdido en el tiempo?
Vondt vaciló unos instantes, antes de contestar, pero ante un chimpancé parlante al que llamaban comandante, ¿qué sentido tenía guardar el secreto de su misión? Por otra parte, tenía que averiguar qué había pasado.
— No tengo ni idea. Lo último que recuerdo es que tenía la misión de retroceder en el tiempo veinticuatro horas para impedir un asesinato y, para ello, me embarqué en una máquina construida por el profesor Franz de Copenhague.
En aquel preciso momento, la ingeniera Jane entró en la enfermería.
— ¿Franz de Copenhague? — preguntó.
— Sí, ¿lo conoce? — la mirada de Vondt quedó clavada en las marcadas curvas de la ingeniera, y en el vertiginoso escote que el ajustado mono de trabajo no ocultaba. Levantó las rodillas para ocultar la erección que solía provocarle este tipo de apariciones, pero la erección apenas duró un instante.
Jane estalló en carcajadas, dominada por una risa incontenible que duró varios minutos. A Vondt le extrañó que debajo de la sábana no ocurriera nada más.
— ¿Conocerle, conocerle dice? — logró decir entre hipidos y secándose las lágrimas que le corrían por las mejillas. — Perdone, en seguida vuelvo, tengo que ir al lavabo — salió a toda prisa, todavía riendo y sujetándose las costillas.
— La señorita es una autoridad mundial en el campo de la historia de la ciencia, ¿sabe? Es doctora cum laude en paleoantropología científica, especializada en la ya obsoleta mecánica cuántica y sus aplicaciones al campo de la medicina humana en el siglo xxi, y doctora en astrofísica molecular, también con calificación cum laude. Y es además una de las mejores ingenieras de crononaves de…
— Perdone, señor… — se excuso Jane, que acababa de regresar.
— Vondt, Jakob Vondt.
—... señor Vondt. ¿Puedo llamarle Jakob?
— Siempre que usted quiera, señorita…
—  Mansfield, Jane Mansfield. Puede llamarme Jane.
—… señorita Jane.
— Le ruego que perdone mi ataque de risa, no quise ofenderle. Me sería imposible conocer en persona al profesor Franz de Copenhague. Pasó a la historia como uno de los científicos más estrambóticos, después de Leonardo da Vinci, a quien por cierto, visitó uno de nuestros agentes que jamás regresó. Se dice de Franz que, a principios del siglo xxi, abandonó el puesto de trabajo que tenía en el laboratorio de física del CERN y construyó en secreto la primera máquina para viajar en el tiempo. Él afirmó, y juró mil y una veces que había enviado a alguien al pasado, pero ni la máquina ni su tripulante regresaron nunca. Lo cierto es que nunca nadie los vio. El profesor Franz era conocido por los  peculiares inventos que solía patentar. Es un personaje que aparece en todos los libros de historia de la ciencia. Lamentablemente, cada vez menos. Nos estamos olvidando de nuestro pasado.
— ¿Pasado?
— Sí señor Vondt…
— Jakob
— Perdón, Jakob. Pasado. Lo que me lleva a lo siguiente. ¿Dónde, o más bien, cuándo, supone que está usted ahora?
— A estas alturas, no tengo ni idea, se suponía que…
Chita le interrumpió.
— Cuando entró usted, Jane, el señor Vondt, Jakob, nos estaba explicando que se había embarcado en una máquina construida para retroceder en el tiempo. Una máquina obra del profesor Franz de Copenhague.
Jane quedó estupefacta.
— Entonces, ¿era verdad? ¿La construyó de verdad?
— Pues sí.
— Y,  ¿funcionó? — miró ansiosa a Vondt.
— No sé, no estoy seguro — respondió el agente suizo. — Dígamelo usted, dígame dónde o cuándo se supone que estoy.
— 12 de junio del año 2239, base de crononaves de Roissy CDG — le informó Arnie, que también acababa de regresar del hangar, donde había inspeccionado la nave de Vondt.
Jakob contempló atónito la aparición. Un hombre alto, casi dos metros, cabello rubio, mandíbula cuadrada y cuerpo de culturista. El androide le recordaba a alguien, pero no acababa de saber a  quién.
— Pues parece que funcionó, pero no de la forma prevista — bromeó Chita. — Le presento a Arnie Schwarz, un androide de última generación.
— ¿Androide?, parece un hombre real.
— Sí, ya le he dicho que era de última generación, lo más parecido a un ser humano que hemos podido conseguir, salvo por los ojos.
— Señor Vondt, — habló Arnie —  estoy analizando su nave para intentar averiguar cómo se perdió usted en el bucle, y necesito completar los datos encontrados. Hay algo que no cuadra, y no acabo de encontrarlo. Necesito que me dé usted alguna información. ¿De cuándo procede usted?
— ¿De cuándo?
— Sí — insistió Arnie. — ¿En qué fecha salió y a qué fecha se suponía que tenía que llegar?
— Me embarqué en la máquina del profesor Franz el 1 de marzo del 2015.
— ¡2015! — corearon y repitieron todos al unísono.
— Eso es casi cincuenta años antes del primer viaje por el tiempo documentado oficialmente. — explicó el comandante Chita. — Y en ese primer viaje, en la máquina viajaron un hombre y un chimpancé. A su regreso, el hombre tenía todo su tejido celular alterado, prácticamente destruido, y el del chimpancé estaba intacto. Por eso se modificaron genéticamente varios individuos de Pan troglodytes, el antiguo chimpancé común. Así, pudieron  adquirir la capacidad e inteligencia humanas. Ahora la tripulación de nuestras crononaves la formamos los descendientes de los primeros Pan sapiens, como pilotos, y los copilotos son siempre  androides.
El doctor Who pareció recordar algo.
— Por cierto, tendré que hacerle un reconocimiento en todo detalle, señor Vondt, para asegurarnos de que está usted bien. ¿Cuántos años tiene?
— Cuarenta y uno.
— ¡Oh! ¿De verdad? —  “Era de esperar”, pensó. —  Enfermera, vaya preparándolo todo..
Arnie retomó el mando de la conversación.
— ¿Y cuál era su fecha de destino, señor Vondt?
— El día anterior, el 29 de febrero del 2015.
Las LEDs de las pupilas de Arnie parpadearon a gran velocidad.
— Señor Vondt, ¿qué calendario se utilizaba en el año 2015?
— Lo siento, no entiendo la pregunta.
— La formularé en otros términos. ¿Cuántos días tenía cada mes en el año 2015?
— Se alternan, entre treinta y treinta uno. Menos febrero, que tiene veintiocho y en años bisiestos…  —  calló de repente. Tras unos minutos de silencio, añadió, anonadado — ¡Oh, Dios mío, claro! ¿Cómo podré haber sido tan estúpido?
— Afirmativo, señor Vondt. Con todos mis respetos, estúpido es la palabra exacta. 2015 no era año bisiesto.
— Pero… un momento… — reflexionó un instante — ni el profesor Franz ni el coronel Weissmüller… ¡joder! ¡Qué cabrones!
Todos permanecieron en silencio unos minutos. Finalmente, Vondt habló de nuevo:
—  Entonces, la misión ha fracasado.
— Todavía no, señor  Vondt, — respondió Arnie — creo que podremos ayudarle, ¿no es cierto, comandante Chita? Y tal vez a la señorita Jane le den un importante premio por su descubrimiento: la máquina del tiempo del profesor Franz de Copenhague.

El profesor Franz y el coronel Weissmüller permanecieron en silencio unos instantes antes de reaccionar a la emoción de ver desaparecer la máquina en medio de la deslumbrante luz blanca. Franz tecleó los controles para permitir el regreso de la máquina y luego los dos hombres se dirigieron a un pequeño armario. El profesor sacó una botella de coñac y sirvió dos copas.
— Por el éxito de la misión, — brindaron.
— Profesor, la nave, ¿no tendría que estar ya de regreso? — preguntó Weissmüller, al cabo de un rato, tras mirar su reloj.
En ese preciso instante, sonó el timbre de la puerta. El profesor Franz se acercó al intercomunicador y vio en la pantalla el rostro sonriente del doctor Eisenstein, acompañado de un chimpancé vestido con una especie de mono de astronauta, un gigante rubio de rostro inexpresivo y parpadeantes pupilas rojas, una rubia platino con un impresionante busto y vertiginoso escote,  y un anciano centenario y arrugado en una silla de ruedas cuyas facciones, con cara de muy malas pulgas, recordaban vagamente a las del agente Vondt.


Copyright: Rosa Salleras, así que por favor, no me lo fusiles sin permiso ni sin avisar, gracias.